martes, 23 de octubre de 2012
Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios
Últimamente estoy repasando todos los cuentos que mi madre y mis tías y abuelas me leian de pequeña: el Patito Feo, Caperucita Roja, Los Tres Cerditos, Hansel y Gretel... y repasando, repasando he encontrado el cuento más triste de todos: La pequeña Cerillera (o la pequeña vendedora de cerillas), un cuento de Hans Christian Andersen. Es un cuento tan hermoso como triste, trata de una pequeña vendedora de cerillas que vive en la calle, y se ve una Nochebuena sola y helada de frío en la calle. Descubre el calor que le proporcionan las cerillas al encenderse, y pasa la noche encendiendo una tras otra, a la vez que su imaginación vuela tan lejos hasta que la lleva a reunirse con su abuelita fallecida. Al día siguiente encuentran a la pequeña muerta por el frío de la noche rodeada de los fósforos gastados. No sé bajo qué circunstancias escribió Andersen este cuento, pero desde mi punto de vista es una de las formas más hermosas de explicarle a un niño la idea de qué es la muerte. Habré leido este cuento muchísimas veces y el final me hace leerlo con los ojos llenos de lágrimas, imaginándome la muerte de esa pequeña niña que, abandonada por el mundo, encuentra su escape en el calor de la pequeña llama que una cerilla le da, pero que no consigue librarla de morir. Es precioso. Pero muy triste. Supongo (y espero) que aún pasen unos cuantos años hasta que tenga que explicar a mis pequeños las cosas más tristes y duras de la vida, pero este cuento será una de mis herramientas para explicarles la vida, la muerte y qué suerte tenemos en la vida los que podemos tener de todo. La frase que encabeza esta entrada es la frase que la abuelita le decía a la pequeña cuando miraba el cielo, y espero poder llegar a explicarselo a mis hijos con este cuento
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