domingo, 30 de octubre de 2011

Pedir perdón no es dificil...

Hoy estoy en esos días en los que odio a mi marido. Ayer reconozco que me levanté de muy malas pulgas, por muy diversos motivos, la mayor parte de ellos relacionado con él, pero bueno, a lo largo del día fui pasando un poco más y ya por la tarde cuando me subí al coche para irnos a casa le pedí disculpas por mi mal día. Llegamos a casa, bañamos al mayor y cuando estaba el niño cenando, mi marido se acercó a la mesa, pero el peque le dijo que se fuera a la cocina. Se fue muy ofendido. Cuando acabó de cenar lo acostamos, y él, como no, bajó a su ronda hasta la hora de cenar el mayor. Cerca de las 11 subió para bañarlo y darle el biberón, y al terminar me dijo q iba a bajar ya que un amigo de él estaba celebrando un cumpleaños. A las 12 me llamó, que en media hora subía. Ya me fui a la cama, porque estaba cansada, y tardé poco en dormirme. A las 2.50 me desperté y, asustada vi que las luces estaban tal cual yo las había dejado y mi marido no estaba. Lo llamé al móvil y me contesta que estaba aquí debajo... si, podía estarlo, pero ebrio. Másde media hora más tarde lo llamé de nuevo para decirle que cuando suba no se acueste ni conmigo ni con ninguno de los niños para no molestarlos, y me dice que está caminando porque se siente muy estresado. Cuando por fin subió a las 4 de la mañana, no quise decirle nada en absoluto. Nada. Hasta esta mañana. Primero me negó que hubiera bebido, como si yo estuviera loca, despues reconoce que sí. y cuando le digo que creo que me debe una disculpa me dice que él no ha hecho nada malo. ¿¿Nada malo?? ¿Acaso es normal bajarte al bar a las 11 de la noche dejando a tu mujer y a tus dos hijos pequeños en casa y aparecer a las 4 de la mañana, para ponerte a cargar el cochecito eléctrico del niño? Al poner a cargar el coche había que quitar un tornillo. Bueno, pues con la peda el tornillo acabó debajo del sillón donde el señor dormía la mona. Pues según él la culpa de que estuviera perdido el tornillo era mía. Conseguí que el mayor le pidiera perdón a su padre por haberle echado anoche de la mesa. El niño se puso delante de el y le dijo:

- Lo siento papá

A mi se me llenaron los ojos de lágrimas, y como le dije a él: de nada me vale enseñar a mis hijos que cuando uno hace algo mal hay que pedir perdón si después, precisamente los que estamos en casa no somos capaces de hacerlo. Pedir perdón no es humillarse, ni arrodillarse ante los demás. Es reconocer que hemos hecho algo que ha hecho daño a otra persona, y que sabemos que podíamos haberla evitado, y que nos arrepentimos por haber hecho ese daño. Para mi marido el concepto de perdón es distinto. Es una humillación. Menos mal que a mediodía, supongo que después de ver que a algunos de sus amigos sus mujeres se la habían montado más gorda, me reconoció que se había pasado y,aunque la palabra "perdón" no entra en su vocabulario, me dijo que sentía haber llegado tan tarde, y que reconocía que habia sido un error.

viernes, 28 de octubre de 2011

Vive y deja vivir

Hoy al entrar en mi cuenta de Facebook me he tropezado con un comentario de un amigo que me ha molestado bastante. En dicho comentario, por decirlo de una forma “elegante”, hacia aguas mayores en el Dios de los que creen. Me jode bastante ese tipo de comentarios, ya que soy de la opinión de que cada uno puede hacer en la vida lo que le dé la real gana, siempre y cuando no fastidie a los demás. Y eso abarca todas las cosas entre las que el ser humano puede elegir, desde comida hasta sexualidad.

En mi casa nos han criado con esa libertad, que no libertinaje. Hemos tenido una educación cristiana. Se nos ha enseñado a no juzgar a los demás por su forma de ser, de vestir o de pensar, y a ponernos en el lugar de otro. Cuando una persona me pide opinión acerca de algo siempre procuro dar dos opciones, casi siempre una es la que la otra persona quiere oir (que no suele ser la mía), y la mía real, siempre sin entrar en detalles de cuál es más correcta desde mi punto de vista, ya que cuando alguien se encuentra en la tesitura de elegir entre varias opciones ya es complicado tomar una decisión, como para además sentirse juzgado por la decisión que se ha tomado o se va a tomar. Cuando alguien  viene a contarme algo que le ha pasado lo escucho, y si no me pide su opinión no se la doy. Igualmente no me gusta que los demás me juzguen, y no suelo pedir opinión a la gente, sino que me guío por mi intuición, pero no me gusta que la gente falte al respeto a las creencias y opiniones de los demás. Mi libertad acaba donde empieza la de el de al lado, y siempre y cuando mis elecciones no hagan daño físico ni moral sin consentimiento al que tengo al lado (el sado, por ejemplo, me parece una elección tan respetable como cualquier otra), soy libre de hacer con mi vida, con mi alma y con mi cuerpo lo que me venga en gana. Y no pienso criticar al que se ponga unos pantalones amarillos con un jersey verde (yo no me lo pondría, pero allá cada uno),  ni al que crea que venimos de un montón de barro, maíz y madera. Pero tampoco me gusta que se metan con mis creencias. No juzgo a nadie. Pero tampoco quiero que nadie me juzgue a mi

jueves, 20 de octubre de 2011

Dios dame paciencia... porque si me das fuerza...

Desde jovencita mi ilusión ha sido tener 3 niños. Al par de años de casados, decidimos ir a buscar el primero, y tardamos poquito en encontrarlo. Tuve un embarazo de película, y un parto fantástico, aunque lo dificil vino después, un montón de problemas con mi Jefe y su familia, y con mi familia. Aún asi yo enseguida estaba animada a ir a por el segundo. Fui a por el segundo y ¡ZAS! a  la primera, un embarazo fabuloso y un parto de 40 minutos. Y yo aún me animaría a por más, pero existe un problema; El tercer hijo ya lo tengo, pero es demasiado mayor. Como he dicho en el post anterior mi marido sólo quería uno, con lo que el segundo le viene demasiado grande. Todo son quejas. A veces me dan ganas de pegarle un tortazo en toda la cara con la mano abierta (espero que no sea este post apología de la "violencia de género) y una buena patada en los webs... Si estan tranquilos, cada uno en su sitio jugando, se queja porque están despiertos. Si lloran, lógicamente se queja porque lloran. Si quieren que les leamos un cuento, porque quiere que les leamos. Si no quiere el mayor comer, porque no quiere comer... Vamos, la cosa es quejarse. Y casi todas las discusiones de este tipo acaban con un "¡¡Maldita la hora que te hice caso, tan empeñada que estabas en tener 2!! ¡¡Me has amargado la vida!!" Vamos a ver: tienes 2 niños sanos y enteros, el mayor prácticamente se ha criado solo, duerme desde el mes y medio, come absolutamente de todo y bien, es un niño alegre, travieso (como todos), no es celoso, es sociable y muy espabilado,  y el pequeño de momento un poco latoso, pero coño, es un bebé, tiene 7 meses y medio. ¿Qué pretendes? Si hubieramos esperado para tener el segundo, probablemente a lo que hubiera pasado el tiempo que él quería ya o a mi se me habrían pasado las ganas, o viendo cómo es la vida con uno, se hubiera hecho una vasectomía a escondidas para no tener más. Realmente, el que a  mi me hace perder la paciencia es mi marido, que no sabe llevar la paternidad. Muchas veces le digo que más le hubiera valido comprarse un perro, o mejor aún, un gato. Pero bueno, espero que poco a poco vaya entendiendo que esto de los niños es largo, y para toda la vida, y como dice  un dicho popular: hijos criados, problemas doblados. Así que... paciencia

miércoles, 19 de octubre de 2011

Lo que mal empieza... ¿cómo acaba?

Conocí al que hoy es mi marido en el año 1999. En aquella época era una chica feliz: acababa de salir de una depresión, causada por un chico, que me había hecho adelgazar 15 kg, era guapa, delgada, divertida… En fin, que los tenía a pares. A mi Jefe lo conocí en las fiestas locales. En aquel momento no le prestè atención, ya que era el hermano de una de mis mejores amigas, y no es por nada, pero no era ninguna belleza, ni siquiera se acercaba a mi canon de perfección masculina. En los meses previos a empezar como pareja salimos varias veces en grupo. Una de esas veces, un mes antes de subir un escalon de amigos a “novios” (qué palabra más fea, no me gusta nada), estuvimos en grupo hasta las tantas de la madrugada y cuando ya nos cerraron los bares decidimos ir a dar un paseo por la playa. Hablamos de todo, de nuestras relaciones anteriores, de nuestros gustos (que no tenían nada que ver), de nuestras familias… y uno de los comentarios fue que yo iba todos los días a caminar por la playa, cosa que me encantaba, a lo que él me dijo que también le gustaba muchísimo y lo hacía muy a menudo. Salimos varias veces y nos quedabamos solos, y una de las veces volvimos a la playa que tanto nos gustaba a  los dos. Ahí, a la luz de la luna, después de un rato paseando me besó. Aquel beso me cogió tan de sorpresa que no sabía qué decir o qué hacer, así que le dije de irnos al coche porque me estaban empezando a dar frío. Una semana después volvimos a quedar, esta vez en grupo, y formalizamos nuestra relación. No volvimos a pasear por la playa… y no porque a mi no me guste. Es que a EL no le gusta. Esa fue la primera mentira de nuestra relación. Cualquiera puede pensar que es una chorrada, pero cuando con los años vas viendo que hay más mentiras, te vas calentando cada vez un poco más. Son las pequeñas las que te van picando poco a poco. Años después, cuando decidimos tener nuestro primer hijo, hablamos de la responsabilidad que suponía un bebé: se acabaron las salidas diarias al bar, las borracheras, el tabaco, etc. Nació mi Mendita mayor y nada de eso se cumplió: todas las noches al bar después de bañar al peque, cuando no antes de venir a buscarme y bajar con varias copas encima, para coger el coche y subir a casa. “Gracias a Dios” un año y poco después le dio un infarto (digo gracias a Dios porque quedó bien, y le sirvió de escarmiento para cambiar algo de vida, no del todo pero algo). Pocos meses después del infarto le dije que quería ir a por otro niño. Ya lo habíamos comentado antes del infarto, pero siempre la respuesta era “espera a que Mendita sea un poco más mayor” Por mi experiencia con las “esperas” sabía que si esperábamos un poco nunca tendríamos un segundo hijo. Al final lo convencí, y llegó el Mendita pequeño. Hemos tenido muchas broncas desde entonces, desde decirme que tener 2 es una locura hasta decirme que le he desgraciado la vida por empeñarme en tener 2. Pero es aquí donde me reconoce que si hubiéramos esperado el tiempo que él quería no lo hubiéramos tenido…porque sólo quería un hijo.

Soy una persona muy cabezona, perseverante, y fiel a lo que pienso. Si una cosa me gusta la digo y si no me gusta también. No tengo fuerza de voluntad, pero sí que si quiero una cosa lucho para conseguirla. Odio a la gente que no va de frente, y por desgracia tengo una persona así a mi lado. Supongo que nos complementamos el uno al otro, por eso estamos juntos. Ahora bien, no tengo claro cómo vamos a acabar en nuestra vida en común…. Algo debe cambiar, y pronto

martes, 11 de octubre de 2011

Un fin de semana más, un fin de semana menos

Todos los viernes amanezco incómoda. Nauseas, dolor de estómago, mala gana... Y no, no estoy embarazada (por suerte o por desgracia). Mi malestar viene por otro lado: Mi Jefe. Pensar que el viernes por la noche empieza el fin de semana me pone mala. Van a ser dos días completos (con sus tres noches) en los que se supone que deberíamos estar solos los 4, mis Menditas, mi Jefe y yo. Pero se me cae la casa  encima. Inconscientemente le comento a mi madre que no me encuentro bien, y ella no termina de entender que es por mi Jefe. Ella está deseando que no aparezcamos por su casa el fin de semana (comprensible, ya que todos los días están los peques ahí) y diciendo que el finde los aguante su padre. Pero no entiende que estoy más a gusto en su casa que en la mía, por varias razones:

- Mi Jefe no tiene paciencia con ninguno de los niños
- Mi casa está a tomar por saco de la civilización
- Los niños lo pasan mejor en casa de abuela (dicho por el mayor)
- Y más que ahora no recuerdo

De momento ha pasado el finde, pero se acerca un festivo, lo que me recuerda que va a ser otro día con mi Jefe y los peques. ¿Qué haremos? Ayyy...