Soy realista, siempre lo he sido. Y desde mucho antes de plantearme la idea de tener hijos tenía ya claro que los niños cambian completamente la vida de uno. Ya el empezar a mantener una relación sentimental te cambia parte de tu vida, pero lo de los niños es volverla patas arriba. Un bebé hace que tus días tengan 4 horas cuando deberian tener, como mínimo 40 para dar abasto con todo. Y ya cuando son más de uno... madre mía: que no se junten los almuerzos del bebé con los del mayor, que uno se acueste para poder dar de comer al otro, que el otro juegue solo para poder bañar al uno, que estén tranquilos los 2 para tú poder entrar en el baño a... lo que sea (si, si, lo que sea, aguas mayores, menores o ducharte). Vamos, que pasas de un pisito la mar de mono con sus cositas bien colocadas a una cuadra en la que tienes que tener cuidado de no pisar un cochecito de bomberos, a la par que se te queda la mano pegada a la preciosa figurita de plastilina que tu peque te hizo con todo su amor y que acabas de convertir en un filete ruso.
Casi todos los días recibo mensajes de amigas a las que hace años que no veo, y a las que estoy deseando ver. ¿De dónde saco el tiempo? Sé que debo buscarlo. El tener hijos no implica perder la vida social (en mi caso de momento sí, aunque estoy en vías de recuperarla "en parte") pero sí es verdad que la abandonas por otras prioridades. En mi caso, además de lo que suponen los niños está mi trabajo que me ocupa de 9 a 19, con lo que a lo que llego a casa me tocan baños, cenas, cuentos y a la muma porque no puedo más. Mis amigas las pobres ya a veces me dan por imposible, y me da mucha rabia, porque , aunque nunca las he olvidado, muchas veces siento la necesidad de hablar con ellas y me da vergüenza llamarlas, porque hace tanto tiempo que no las llamo que me siento como una egoista. De vez en cuando les mando algún mensajito por el Face, y enseguida están ahí, respondiendo.
Mi vida social no existe. Y supongo que seguirá sin existir hasta que los peques tengan la edad suficiente para que su padre se sienta capaz de hacerse cargo de ellos. Hace unos días lo comentaba con una amiga; años atrás nos encontrábamos en los after, nos echabamos unas risas y un par de copas e ibamos a clase de amanecida. Ahora nos encontramos en la consulta de los pediatras, nos damos algunos consejos sobre los peques y nos echamos (si nos encontramos en el parque) un café express (express por lo de rápido, porque vamos con 100 ojos, 50 encima de cada niño), y vamos a trabajar de amanecida desde urgencias pediátricas. Aún así tengo que reconocer que no sé cómo he podido vivir sin los dos renacuajos todos estos años. Y es que, por mucho que me queje, el despertarte por la mañana y ver una cabecita dando brinquitos por encima de los barrotes de la cuna y mirándote con esos ojitos no tiene comparación con ninguna otra cosa en el mundo

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