miércoles, 19 de octubre de 2011

Lo que mal empieza... ¿cómo acaba?

Conocí al que hoy es mi marido en el año 1999. En aquella época era una chica feliz: acababa de salir de una depresión, causada por un chico, que me había hecho adelgazar 15 kg, era guapa, delgada, divertida… En fin, que los tenía a pares. A mi Jefe lo conocí en las fiestas locales. En aquel momento no le prestè atención, ya que era el hermano de una de mis mejores amigas, y no es por nada, pero no era ninguna belleza, ni siquiera se acercaba a mi canon de perfección masculina. En los meses previos a empezar como pareja salimos varias veces en grupo. Una de esas veces, un mes antes de subir un escalon de amigos a “novios” (qué palabra más fea, no me gusta nada), estuvimos en grupo hasta las tantas de la madrugada y cuando ya nos cerraron los bares decidimos ir a dar un paseo por la playa. Hablamos de todo, de nuestras relaciones anteriores, de nuestros gustos (que no tenían nada que ver), de nuestras familias… y uno de los comentarios fue que yo iba todos los días a caminar por la playa, cosa que me encantaba, a lo que él me dijo que también le gustaba muchísimo y lo hacía muy a menudo. Salimos varias veces y nos quedabamos solos, y una de las veces volvimos a la playa que tanto nos gustaba a  los dos. Ahí, a la luz de la luna, después de un rato paseando me besó. Aquel beso me cogió tan de sorpresa que no sabía qué decir o qué hacer, así que le dije de irnos al coche porque me estaban empezando a dar frío. Una semana después volvimos a quedar, esta vez en grupo, y formalizamos nuestra relación. No volvimos a pasear por la playa… y no porque a mi no me guste. Es que a EL no le gusta. Esa fue la primera mentira de nuestra relación. Cualquiera puede pensar que es una chorrada, pero cuando con los años vas viendo que hay más mentiras, te vas calentando cada vez un poco más. Son las pequeñas las que te van picando poco a poco. Años después, cuando decidimos tener nuestro primer hijo, hablamos de la responsabilidad que suponía un bebé: se acabaron las salidas diarias al bar, las borracheras, el tabaco, etc. Nació mi Mendita mayor y nada de eso se cumplió: todas las noches al bar después de bañar al peque, cuando no antes de venir a buscarme y bajar con varias copas encima, para coger el coche y subir a casa. “Gracias a Dios” un año y poco después le dio un infarto (digo gracias a Dios porque quedó bien, y le sirvió de escarmiento para cambiar algo de vida, no del todo pero algo). Pocos meses después del infarto le dije que quería ir a por otro niño. Ya lo habíamos comentado antes del infarto, pero siempre la respuesta era “espera a que Mendita sea un poco más mayor” Por mi experiencia con las “esperas” sabía que si esperábamos un poco nunca tendríamos un segundo hijo. Al final lo convencí, y llegó el Mendita pequeño. Hemos tenido muchas broncas desde entonces, desde decirme que tener 2 es una locura hasta decirme que le he desgraciado la vida por empeñarme en tener 2. Pero es aquí donde me reconoce que si hubiéramos esperado el tiempo que él quería no lo hubiéramos tenido…porque sólo quería un hijo.

Soy una persona muy cabezona, perseverante, y fiel a lo que pienso. Si una cosa me gusta la digo y si no me gusta también. No tengo fuerza de voluntad, pero sí que si quiero una cosa lucho para conseguirla. Odio a la gente que no va de frente, y por desgracia tengo una persona así a mi lado. Supongo que nos complementamos el uno al otro, por eso estamos juntos. Ahora bien, no tengo claro cómo vamos a acabar en nuestra vida en común…. Algo debe cambiar, y pronto

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