viernes, 28 de octubre de 2011

Vive y deja vivir

Hoy al entrar en mi cuenta de Facebook me he tropezado con un comentario de un amigo que me ha molestado bastante. En dicho comentario, por decirlo de una forma “elegante”, hacia aguas mayores en el Dios de los que creen. Me jode bastante ese tipo de comentarios, ya que soy de la opinión de que cada uno puede hacer en la vida lo que le dé la real gana, siempre y cuando no fastidie a los demás. Y eso abarca todas las cosas entre las que el ser humano puede elegir, desde comida hasta sexualidad.

En mi casa nos han criado con esa libertad, que no libertinaje. Hemos tenido una educación cristiana. Se nos ha enseñado a no juzgar a los demás por su forma de ser, de vestir o de pensar, y a ponernos en el lugar de otro. Cuando una persona me pide opinión acerca de algo siempre procuro dar dos opciones, casi siempre una es la que la otra persona quiere oir (que no suele ser la mía), y la mía real, siempre sin entrar en detalles de cuál es más correcta desde mi punto de vista, ya que cuando alguien se encuentra en la tesitura de elegir entre varias opciones ya es complicado tomar una decisión, como para además sentirse juzgado por la decisión que se ha tomado o se va a tomar. Cuando alguien  viene a contarme algo que le ha pasado lo escucho, y si no me pide su opinión no se la doy. Igualmente no me gusta que los demás me juzguen, y no suelo pedir opinión a la gente, sino que me guío por mi intuición, pero no me gusta que la gente falte al respeto a las creencias y opiniones de los demás. Mi libertad acaba donde empieza la de el de al lado, y siempre y cuando mis elecciones no hagan daño físico ni moral sin consentimiento al que tengo al lado (el sado, por ejemplo, me parece una elección tan respetable como cualquier otra), soy libre de hacer con mi vida, con mi alma y con mi cuerpo lo que me venga en gana. Y no pienso criticar al que se ponga unos pantalones amarillos con un jersey verde (yo no me lo pondría, pero allá cada uno),  ni al que crea que venimos de un montón de barro, maíz y madera. Pero tampoco me gusta que se metan con mis creencias. No juzgo a nadie. Pero tampoco quiero que nadie me juzgue a mi

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